viernes, 2 de octubre de 2009


Mi yo, mi mundo


Comenzaré diciendo que mi nombre es Clara y mi mayor problema recordar, para ello he abierto las puertas de mi memoria dejando que como un caudal fluyan los pensamientos hasta desbordarse en palabras suaves que ayuden a tomar forma a este relato. Viví mis primeros años en una casa mas o menos grande, situada en un barrio alejado del centro de la ciudad de Ocaña, en esa casa recuerdo había un bonito patio y un solar grande donde según contaba mi abuela tenía su habitad la madre monte, razón que me restringía el paso a ese lugar donde paradójicamente hallaban cuna mis angustias que nacían del fondo del ser, para despertarme una curiosidad infinita por la soledad.
Crecí al lado de dos mujeres, mi abuela que se aventuro en la tarea de educarme al ser ella quien me tenía a su lado y mi mamá.
La abuela fría y calculadora a veces, y consentidora y alcahueta en otras, hacia brotar palabras mágicas de sus labios gruesos y un tanto arrugados por la llegada temprana de la vejez, para llenarme de sus historias de juventud, y a la vez de sus temores a los duendes que según ella asechaban a las jovencitas desjuiciadas, o bien sino, para arrullarme al son de "aserrín aserran los maderos de San Juan". Recuerdo que ella solía montarme en sus piernas acolchadas con sus robustos muslos y balbucearme las primeras letras que enriquecieron de uno u otro modo mi vocabulario, reviviendo sus años de infancia ya tan lejanos y enriqueciendo los míos. Fue en el patio de la casa que recuerdo se instaló mi primera escuela de aprendizaje. Allí, donde los pájaros de la abuela cantaban incluido un azulejo llamado Calixto mi primera mascota, hallaron forma las primeras letras que con desmedido temor yo trataba de imitarle a la abuela, que se esmeraba por que yo aprendiera a paso veloz el arte de leer y escribir. Allí también y en las paredes aledañas dejé tatuados mis primeros soles y mucha lluvia, que mis manos infantiles no se porque se esmeraban en dibujar como una forma de catarsis, para alimentar las lagrimas de un llanto intenso pero silencioso producto de la partida de mi madre y posteriormente de la muerte de mi padre. Ellos en su conjunto me enseñaron a ver el mundo, a través del canto de las aves que alegraban la casa, del color de las frutas de los árboles entre mis favoritos el palo de guanábana que aun recuerdo, del aroma a conserva los diciembres o bien sino del arequipe fresco, de la textura de las plantas que la abuela limpiaba con café cada mañana, del sabor de la cocota madura, de los cuentos de la época de la violencia entre godos y cachiporros en cuyas asechanzas más de un liberal iba a parar bajo las camas de los aposentos de mis bisabuelos quienes nunca quisieron hacer parte de la guerra entre unos y otros, y en fin de todas esas experiencias que entraban a través de mis sentidos y ayudaban a construir ese mundo verde azul que fue mi infancia. Así de una manera u otra las palabras se fueron formando para dar luz dentro de la penumbra de mis conocimientos. Entiendo a partir de esto el porque de pequeños se nos dice que tenemos la oscuridad pero agradezco a la misma el que me permitiera hallar en ella fabulosos pensamientos abstractos del mundo en el que habitaban desde hadas, duendes y princesas, hasta sapos que cantan y bailan, pues el cuerpo de la obra que soy se logro formar a partir de pequeños trozos de infancia. Para mí la palabra, es el cuerpo de la obra como lo dice Víctor Fuente Mayor, pero no solo de la obra escrita sino de la obra maestra que somos todos y cada uno. "la escucha de los sentidos es la labor previa a toda enseñanza" [1] y la escucha de mis sentidos siempre estuvo presente y atenta a ese mundo que se me presentaba a mis ojos, a ese mundo donde me movía en distintas direcciones y que era formado por cosas tan simples y naturales, como la belleza de la flor, los sabores dulces, el temor infundido a la noche y a la oscuridad, el color de los lagartos que yo agarraba con mis pequeñas manos y a los cuales solía cortarle la cola para observar maravillada como se revolcaban solas, el rose de mi cuerpo con el de mi madre desnuda y que fueron reconocimientos previos a la enseñanza donde yo manifestaba el sentido que tenia de cada cosa el cual no se podría lograr sin el conocimiento previo de las experiencias sensibles. En pocas palabras mis primeros conocimientos y mi primera lectura del mundo estuvieron guiados por el aprendizaje de todo lo que entraba a través de mis sentidos. Aquí en esta primera etapa no hubo lugar para la palabra escrita como tal, sino para el reconocimiento de cada cosa que nos rodea desde las más simples hasta las más complejas y que va orientada por la visión del mundo que mis primeros educadores en este caso, mi madre joven y alegre y mi abuela me quisieron mostrar a través de ese mundo vivo lleno de experiencias felices y atractivas, como también de aquellas amargas, como pincharse los dedos con las espinas de un hermoso captus. Todo esto hizo posible mi posterior adaptación al mundo de las letras.



Con este relato entrecortado que hace parte de mi autobiografía no pretendo mas que despertar hoy los recuerdos de ese proceso que es mi vida, para ahogarlos o por qué no decirlo, para matar hoy esos recuerdos, no se ya si para internarme entre ese yo en que me he convertido hoy, ese ser inseguro, pasivo unas veces y agresivo en otras, ese yo a veces callado y taciturno o de no efusivo y extrovertido, un yo que grita y seguirá gritando mientras permanezca cautivo dentro de la loca que soy, un yo producto de la ingesta y sobre ingesta de drogas prescritas, un ser que teme al mundo, que teme pensar, decidir, hacer posible lo pensado o tan solo vivir porque la vida para mi se ha convertido en una rutina que gira alrededor de pepas de colores, que buscan acortarme los días, inhibir las experiencias y de paso robarme la capacidad de vivir y ser tan solo yo y no otra.

Clara Alejandra Torrado Ibáñez.

[1] Víctor Fuente Mayor, El cuerpo de la obra, universidad de Maracaibo 1999.